por Óscar Arcones.

La motivación de cada participante a la hora de inscribirse en Los 10.000 del Soplao es bien diferente, pero agrada pensar que la satisfacción a la hora de cruzar la línea de meta tiene un componente similar para todos, sea cuál sea su modalidad.

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Por eso, en los aledaños de plaza de La Paz y la Avenida de Cantabria de Cabezón de la Sal la tarde del tercer sábado de mayo, desde hace ya once años, se convierte en la tarde de la ilusión, en el momento de la satisfacción para esos que cruzan la meta y para todos los que les acompañan en esa aventura.
Porque la grandeza del Soplao es que aunque sólo se inscribe una persona, las victorias son en su mayoría colectivas y tienen un capítulo de agradecimientos y recuerdos que en muchas ocasiones supera el kilometraje propio de la carrera.


Si las ocho de la mañana (o las once de la noche) en el Soplao es la hora de los sueños, la tarde del sábado es una explosión de jubilo, que se expresa de muy distintas formas, con un abrazo, con el brazo en alto, con la mirada al cielo, con sonrisas o incluso con sentidas lágrimas que combinan la emoción y la alegría.
Si ya sois grandes solo por intentarlo, creedme, os convertís en historia del Soplao por el hecho de lograrlo.